1 -A MIS QUERIDOS PROFESORES,
Las
carambolas de la vida reconvirtieron a una pseudosanitaria en lo que hoy soy:
maestra, docente, profesora, educadora… y esa palabreja que nos despierta una
sonrisilla, cuando no menos un poco de miedo, está de moda hoy más que nunca,
EDUCACIÓN, sí con mayúsculas, como se merece ser tratada doña Educación. Una
profesión que amo más cada día que pasa,
de la que si de algo me arrepiento, es de no haberla empezado a ejercer
antes.
Pero hoy en
día, en una sociedad carente de valores, ¿seremos en un futuro “queridos
profesores”?. No olvidemos que para hacerse querer, hay que querer primero;
Querer al diferente, al que no llega, al que se esfuerza, al que lo intenta.
Pero también hay que querer al que no quiere, y ayudarle a encontrar su camino,
a veces lejos de los libros que tanto queremos nosotros, y sobre todo valorar,
hoy que no hay valores, al que lo vale, al que destaca, al sabelotodo, al que
exprimimos hasta la muerte, con materia y más materia, exámenes, pruebas,
trabajos…” tú que con todo puedes”.
No es mejor
profesor el que más suspende, el que más exige, el que más miedo provoca. El
mejor profesor es el que te enseña algo que te vale en la vida (volvamos al
valor), sea a sumar, a leer, a distinguir un sapo de una rana, aquella lista de
reyes interminables (deformación profesional), o simplemente el que te enseñó a
ser mejor persona: a respetar, a compartir, a ser sincero… aquel que no solo
conocía de tí tu nombre, aquel que sabía que en tu casa había problemas, que tú
a veces eras un problema.
Porque no
olvidemos nunca, que detrás de cada mesa, de cada pupitre, no hay un alumno, no
hay un número, hay una persona o personita (aquí sí que vale la edad) que
siente, que llora, que se agobia, que no puede. Solo con un poco de empatía,
(otra palabreja de moda) conseguiremos algún día que alguien, espero que dentro
de muchos años… escriba con cariño a su querido profesor.
Dedicado a Gloria Fernández, “mi querida profesora”,
Pepe Sevilla, defensor a ultranza del alumno, y a mis compañeros del Balbuena
en su jubilación.
MARÍA TERESA
GALLEGO DEL MORAL
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